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¿Quién es Greg Bovino, el perro de caza de la Gestapo migratoria de Trump?

  • Foto do escritor: www.jornalclandestino.org
    www.jornalclandestino.org
  • 23 de jan.
  • 4 min de leitura

Él no se esconde detrás de pasamontañas ni evita las cámaras. Al contrario: Greg Bovino se asegura de ser visto. Se ha convertido en el rostro —duro, calculado, performático— de la ofensiva del gobierno de Donald Trump para cazar, detener y deportar a inmigrantes indocumentados en Estados Unidos.


Apodado por la secretaria de Seguridad Interna, Kristi Noem, como una especie de “comandante en jefe general” de la Patrulla Fronteriza, Bovino salió de los bastidores operativos al escenario político. Y parece cómodo bajo los reflectores. Ganó proyección nacional al liderar operativos migratorios en Los Ángeles, luego repitió el guion en Chicago, Charlotte y Nueva Orleans. Desde comienzos de año también circula por la región de Minneapolis–St. Paul, donde su presencia —acompañada de cientos de agentes federales— generó tensión con autoridades locales. Ante la resistencia, Trump llegó a amenazar con invocar la Ley de Insurrección. El mensaje era claro: si los gobiernos locales no colaboran, Washington impone.




La estética del poder


Bovino no llama la atención solo por los operativos. Su imagen se volvió parte del mensaje. Sienes rapadas, postura rígida y, recientemente, un largo abrigo verde caqui de corte militar, con insignias repartidas por hombros y brazos. En redes sociales, la reacción fue inmediata. El gobernador de California, Gavin Newsom, ironizó diciendo que el comandante parecía haber comprado “un uniforme de las SS en eBay”. La comparación es provocadora —y revela cuánto importa la simbología. Para los críticos, es la escenificación de autoridad, fuerza e intimidación como lenguaje político.


“Policía secreta, ejército particular, hombres enmascarados, personas desapareciendo sin el debido proceso legal”, disparó Newsom en Davos.

Acusaciones y aplausos

Bovino también enfrenta dos demandas judiciales que acusan a agentes bajo su mando de sobrepasar límites legales, incluidas detenciones basadas en perfil racial. Sus críticos lo ven como el arquitecto de una cultura de fuerza máxima, donde los derechos civiles se convierten en detalles incómodos. Sus defensores cuentan otra historia: dicen que está sacando de las calles a inmigrantes indocumentados con antecedentes de delitos violentos. Para ese grupo, Bovino no es un villano: es un ejecutor eficiente de una promesa de campaña.


Y él sabe que cuenta con respaldo. El propio Trump, según Bovino, llamó por teléfono para agradecer el trabajo del equipo en Los Ángeles. La Casa Blanca lo describe como pieza clave para “hacer a Estados Unidos seguro otra vez”.



Quién es el perro de caza de la Gestapo de Trump

Nacido en Carolina del Norte, hijo de una familia de inmigrantes italianos —en serio, no estamos inventando—, Bovino construyó toda su carrera en la Patrulla Fronteriza, a la que llama la “Máquina Verde”, en referencia al color de los uniformes y al engranaje de arrestos y deportaciones.


Pasó por puestos en la frontera con México, ascendió en la jerarquía y, a lo largo de casi tres décadas, transformó la agencia en su identidad. En entrevistas y pódcasts, habla de la Patrulla como quien habla de familia: una familia armada, entrenada y movilizada.


Lo que lo proyectó nacionalmente fue el cambio de escenario: agentes tradicionalmente enfocados en la frontera pasaron a actuar en ciudades consideradas “santuario” para inmigrantes. En Los Ángeles, Bovino difundió videos promocionales de los operativos con banda sonora de heavy metal. En otra ocasión, declaró:


“Estamos haciendo que Los Ángeles sea más segura, ya que no tenemos políticos ocupándose de eso.”

En Chicago, lideró un operativo de un mes que resultó en miles de detenciones. Agentes patrullaron barrios mayoritariamente hispanos, suburbios y centros de transporte. Hubo reportes de ventanas de autos rotas y uso de gas lacrimógeno contra manifestantes. Bovino celebró los resultados. “Somos quebradores de santuarios. No hay santuarios. No habrá santuarios”, dijo a Associated Press.


Su liderazgo pasó a ser observado de cerca por tribunales federales. Una jueza en Chicago impuso límites al uso de la fuerza por parte de agentes de ICE tras concluir que Bovino dio un testimonio “simplemente no creíble” al justificar el uso de gas lacrimógeno. Él no retrocedió. Dijo que sus equipos usan “la menor fuerza necesaria” y, en otra declaración polémica, afirmó que habría usado más gas si hubiera podido.


Tras la muerte de Renee Nichole Good, baleada por un agente de ICE en Minneapolis, Bovino defendió al subordinado y habló de legítima defensa.

Bovino niega que los operativos tengan motivación política. Dice que el foco son “criminales violentos” y que las fallas de las autoridades locales exigen presencia federal. “La seguridad pública en Minneapolis es innegociable”, afirmó. Mientras tanto, videos lo muestran usando gas pimienta contra manifestantes, avisando antes: “¡Se está acabando el gas!” —frase que suena menos a advertencia táctica y más a burla en un escenario ya inflamado.


El Departamento de Seguridad Interna reforzó públicamente su apoyo a los agentes, mientras aliados de Trump hablan de “inmunidad” para que cumplan sus deberes sin interferencia de autoridades locales o manifestantes.


Desde lo más alto de la política, el incentivo también es explícito. Trump llegó a escribir que “el día del ajuste de cuentas” estaba llegando para Minnesota.


Hoy, Bovino no es solo un comandante operativo. Se convirtió en símbolo de una fase en la que la política migratoria se viste como operación militar y se comunica como espectáculo de fuerza. Al liderar comitivas de agentes enmascarados, vistiendo abrigos militares hasta la rodilla, escenifica algo más grande que arrestos: escenifica poder federal en marcha, autoridad sin pedir permiso.


Para algunos, es el orden restaurado. Para otros, es el ensayo de un Estado que prueba hasta dónde puede llegar.

Y Greg Bovino, guste o no, parece decidido a llegar hasta el límite, como hizo Goebbels.

 
 

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